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Permaneciendo fieles a los propósitos de Dios

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Rev. Gustavo Martínez Garavito

“Y David iba adelantando y engrandeciéndose, y Jehová Dios de los ejércitos estaba con él.” 2 Samuel 5:10. “Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos. Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo… y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra.” 2 Samuel 7:8, 9.

Este es un tiempo de grandes responsabilidades, un tiempo de gloria, pero también un tiempo de tomar las cosas con sensatez, con sabiduría y prudencia dentro de la dirección y del programa de Dios. Hacer lo recto, sin importar las circunstancias difíciles, no es siempre agradable ni tampoco es fácil. Esto se debe a que, cuando estamos decididos a hacer lo correcto delante de Dios, vamos a confrontar un sin número de dificultades, de obstáculos, de montañas que tendremos que cruzar para llevar a cabo los propósitos de Dios.

Para no fallar, se requiere la ayuda permanente de Dios, la dependencia de Él, pero también se requiere de nuestra parte madurez espiritual, de carácter y de personalidad. Se requiere tener principios claros, definidos, y saber hacia dónde vamos, qué queremos y qué buscamos, a quién queremos agradar, y cuáles son nuestras metas en la vida. Tenemos que tener estos puntos bien claros si no queremos fallarle a Dios. Ahora bien, para no fallar, necesitamos haber nacido de nuevo, haber tenido un encuentro real y personal con Dios; también tenemos que vivir una vida santa, de oración, de devocional, de estudio y de meditación de la Palabra.

La Sagrada Escritura nos narra que el Señor le habló a Josué de éxitos, de prosperidad y de victorias incomparables; pero todo aquello estaba supeditado a la obediencia, fidelidad, humildad, y de cumplir a cabalidad con los propósitos que Dios le había revelado. Dios le dijo: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8).

Al cumplir con esto, Josué tenía por seguro la victoria contra sus enemigos. No obstante, Josué cometió un grave error, y comenzó a desgranarse su testimonio como líder, y fue cuando vinieron los gabaonitas, Josué no consultó a Dios, sino que tomó determinaciones apresuradas (Josué 9). Si hubiese orado, Dios le hubiera revelado que los gabaonitas eran enemigos del pueblo de Israel. Mas pensó que era una persona experimentada, que lo sabía todo, que no tenía por qué orar cuando algo le parecía evidente e insignificante. Pero esto no es así, por muy insignificante que nos parezca una decisión en nuestra vida, no podemos prescindir de consultar a Dios. Las decisiones que tomamos hoy tendrán repercusiones en nuestro futuro.

Josué pactó con los gabaonitas antes de haber consultado a Dios, y de haber investigado sobre ellos. Lo hizo por su cuenta y, al día siguiente, se dieron cuenta de que habían hecho alianza con los próximos enemigos que tenían que eliminar. Tuvieron que perdonarlos, y los gabaonitas se convirtieron en un problema para Israel. Los gabaonitas, en efecto, introdujeron la disensión entre los jefes de las tribus. Por eso, mis queridos hermanos, antes de apresurarnos a hablar, a tomar decisiones aunque éstas parezcan insignificantes, vayamos y consultemos a Dios. Si lo hiciéramos, nos evitaríamos problemas y dolores de cabeza, es más, evitaríamos ser una piedra de tropiezo para otros. A veces nuestra impaciencia, la falta de una verdadera vida espiritual y de una relación genuina con Dios nos llevan de cabeza al fracaso.

Muchas personas viven de experiencias pasadas, y se creen que con ellas han adquirido la suficiente experiencia como para prescindir de consultar a Dios. Lo que nos salió bien ayer no nos saldrá forzosamente bien esta vez, si no le pedimos consejo a Dios. A veces, Dios permite situaciones y se queda sin actuar, para probar nuestra paciencia y nuestro grado de espiritualidad. De esta forma, pesa nuestra fidelidad, nuestra limpieza y nuestra lealtad ante su presencia.

Para no fallar, se requiere la ayuda permanente de Dios, la dependencia de Él. Pero también se requiere de nuestra parte carácter, personalidad y madurez espiritual. Se requiere tener principios claros, definidos, y saber hacia dónde vamos, qué queremos y qué buscamos, a quién queremos agradar, y cuáles son nuestras metas en la vida. Tenemos que tener estos puntos bien claros si no queremos fallarle a Dios. Ahora bien, para no fallar, necesitamos haber nacido de nuevo, haber tenido un encuentro real y personal con Dios; también tenemos que vivir una vida santa, de oración, de devocional, de estudio y de meditación de la Palabra.

Hay personas que parecen como si volvieran a empezar de cero, terminan vacíos, sin unción, sin Palabra, sin vida, sin nada. Se basan en experiencias de veinte o treinta años atrás, pero son incapaces de contarle una experiencia actual. Tenemos que enterrar las experiencias pasadas, y recobrar ese verdor de las experiencias recientes.

Hemos de atrevernos a volver a tomar lo que Dios tiene para nosotros hoy. Para esto, necesitamos ser hombres de visión, ver lo que otros no ven y hacer lo que otros no hacen o han dejado de hacer. De esta forma, lograremos hacer lo que Dios nos ha encomendado. Pablo decía: “Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14). En otras palabras, me olvido de ayer y me proyecto hacia el mañana, para ver si logro aquello para lo cual he sido llamado. Necesitamos tener la mirada puesta en el futuro. Todavía queda camino que recorrer, todavía hay trabajo para nosotros, y Dios quiere saber si puede contar con nuestras vidas.

Dios dice: “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 Samuel 2:30). A veces, los hijos de los líderes empiezan a vivir fuera de las normas, y sus padres se dejan llevar por la pereza, como Elí. Sin embargo, cuando el líder pierde la autoridad con sus hijos, esto significa que ha perdido también la comunión con Dios. Cuando vivimos una vida de sometimiento y de obediencia, no perdemos la autoridad que Dios nos ha delegado. Elí le tenía miedo a sus hijos, y era incapaz de detenerlos, de excluirlos del sacerdocio, de sacarlos de la casa de Dios y hacer respetar el tabernáculo. Claro que el servicio a Dios no es algo obligatorio para nuestros hijos, pero sí podemos estorbar el pecado en la casa de Dios, incluso la participación en la Iglesia si éstos no viven una vida santa y agradable a los ojos de Dios.

Siempre me inspira el personaje de David, humilde pastor de ovejas, al que nadie le hubiese ofrecido nada, que hasta su padre lo menospreció y lo hizo venir porque Samuel se lo exigió. Cuando el profeta le ungió, el Espíritu de Dios vino sobre David y nunca se apartó de él (1 Samuel 16:1-13). Este joven tuvo la oportunidad de ser el paje de armas de Saúl, pero se mantenía prudente (1 Samuel 16:21). Tuvo el privilegio de estar en la corte, en el palacio, de codearse con las altas esferas, pero llegó el momento cuando el rey se fue a la guerra, y David, pues, se fue de nuevo a apacentar las ovejas de su padre en Belén.

“Y los tres hijos mayores de Isaí habían ido para seguir a Saúl en la guerra… Pero David había ido y vuelto, dejando a Saúl, para apacentar las ovejas de su padre en Belén” (1 Samuel 17:13-15). A David no le perjudicó el haber estado en la corte, sino que, como si nada hubiese pasado, volvió tranquilamente a su antigua ocupación. Aquel joven con principios claros en su vida; que se había curado contra el orgullo, la soberbia y la arrogancia, demostró no con palabras, sino con hechos, que no le importaba su posición mientras servía en palacio. Hay quienes cualquier nombramiento los dañan, los tambalea y los saca de la voluntad de Dios.

Después de que David venciera al gigante, llegaron los problemas y hasta despertaron celos en el rey Saúl, quien intentó matarlo. Saúl entendió que David era quien le quitaría el reino. Pero, en vez de pedirle misericordia a Dios, Saúl se llenó de celos y de resentimientos. No dejó que Dios le limpiara.

David, se mantenía sujeto, le seguía respetando y reconocía su posición a pesar de lo impío que Saúl se había vuelto. Al principio, Saúl puso a David entre los generales, pero también empezó a temerle y le degradó, haciéndolo pasar de general a jefe de miles. Luego, le quitaron su esposa, dándosela a otro. No obstante, Jehová seguía con David, y no se sintió afectado por los cambios de parecer del rey, y se mantenía humilde ante Dios. Sin embargo, aunque David tuvo varias veces la ocasión de matar a Saúl, nunca se atrevió a levantar la mano contra el ungido de Jehová. David no quería violentar la autoridad establecida por Dios, sino que dejaba que Dios actuara.

Esta es la gente que Dios busca: temerosa, que no se mueva ni ceda ante las presiones, sino que permanezca en la limpieza de sus manos. Saúl lo perdió todo por ser un impaciente, no esperó a que llegara el profeta, sino que, de su propia iniciativa, sacrificó los holocaustos. Saúl se preocupaba porque el pueblo se estaba impacientando y querían desertar. Por no haber esperado tres horas. El rey Saúl perdió la afirmación de su reino para siempre. No creía que Dios era quien lo había llevado allí y que, aunque todo el pueblo le dejara, Dios permanecería a su lado.

Amado, no se mueva de la posición que Dios le ha dado, espere en Él, y Él hará. Sea fiel en medio de las pruebas, de la adversidad y de la tentación. No importa lo que el enemigo diga de su persona, o que los demás le tengan en poco. Su recompensa está de camino, espere un poco más, aunque el camino le parezca duro, no se rinda, antes permanezca fiel a los propósitos de Dios. Amén.

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